<![CDATA[Parroquia de Nuestra Señora de la Piedad - Artículos]]>Sun, 01 Dec 2019 22:13:02 -0800Weebly<![CDATA[May 01st, 2018]]>Tue, 01 May 2018 18:14:25 GMThttp://parroquia-delapiedadnarvarte.com/artiacuteculos/may-01st-2018CRISTIANISMO SOCIALMENTE RESPONSABLE 
Por: Hugo Toro.
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Constantemente estamos condicionados a mantener al margen la vida ordinaria y la vida espiritual; solemos pensar que nuestra vida espiritual debe concentrarse únicamente los domingos durante misa, y obviamos que la invitación permanente del Señor es a hacer de TODA la vida una aspiración cristiana para alcanzar la santidad. Esta es la razón por la que las cuestiones que ocurren en nuestra sociedad no nos pueden parecer ajenas, impregnar nuestra calidad de ciudadanos, de padres, de amigos, de trabajadores, del espíritu cristiano esencial es un deber y no una condición.
 
Ahora bien, responsable es una palabra de origen latino, que etimológicamente significa “tener la capacidad de responder”; ser responsables es tener la capacidad de responder de nuestros actos y de nuestros deberes, el cristiano sabe que tenemos responsabilidades como católicos y como Hijos de Dios. Pero,  ¿qué responsabilidades sociales tenemos en esta época?
 
Las responsabilidades sociales son aquellas cuestiones en las que debemos tener la capacidad de respuesta en ámbitos como el deber civil, los derechos que constitucionalmente poseemos, los deberes ciudadanos, los temas de urbanidad y las cuestiones referidas a los temas actualizados en la política. Sepamos con claridad que la persecución contemporánea de la Iglesia, que no ha terminado desde los tiempos del Imperio Romano, no se da en forma de crucifixiones y otro tipo de barbaridades que en nuestra época serían impensables, la persecución que la Iglesia padece y los cristianos padecemos viene dada por la legalidad, es una persecución institucionalizada, cobijada bajo el régimen jurisdiccional de las constituciones.
 
Esto no es nada nuevo y grandes teólogos de nuestros tiempos como el padre José Antonio Fortea coinciden en que es a través de las instituciones y las leyes que la Iglesia lenta y paulatinamente se va viendo arrinconada y seccionada para ser censurada; pensemos bien que leyes oponentes que por un lado apelan por la libertad de expresión y por el otro censuran las opiniones y posturas ideológicas o religiosas son el pan nuestro de cada día.
 
Cierto es que tanto a la Iglesia como al Estado conviene permanecer separados pues históricamente, cuando han hecho comunión, las desviaciones se perpetúan y acentúan de uno y otro lado. Pero no por esta conveniencia estructural los cristianos que formamos la Iglesia debemos permanecer indiferentes a los acontecimientos políticos que se llevan a cabo en nuestras sociedades.
 
Responsabilidad primera será que cualquier cristiano-ciudadano haga caso de las propuestas que los políticos realizan, pues de la legalidad pueden surgir monstruos persecutorios que atenten contra el Bien, la Razón y la Belleza en su sentido teleológico y profundo; recordemos con tristeza y marcados por la huella que dejaron, las ominosas leyes de Nüremberg que permitieron al régimen nazi cazar y destrozar familias acogidos por la ley. ¡Sepámoslo bien! La ley y el Bien no siempre van de la mano. El régimen nazi, el régimen comunista de la Unión Soviética, el régimen comunista norcoreano; son ejemplos de lo que ocurre cuando los ciudadanos omiten y actúan con indiferencia espiritual ante los eventos políticos que en su realidad inmediata acontecen.
 
La invitación es una:
 
¡Que Dios sea guía e inspiración para nuestro correcto uso de las responsabilidades sociales que nos conciernen!
 
 

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<![CDATA[December 02nd, 2017]]>Sat, 02 Dec 2017 15:30:51 GMThttp://parroquia-delapiedadnarvarte.com/artiacuteculos/december-02nd-2017"Las circunstancias y la necesidad nos consagran."
Autor: Pbtro. Juan José González Sánchez.
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Podemos perder nuestra libertad por diferentes razones y, a veces, por las mejores razones. Imagínate esta posibilidad: Vas de camino a un restaurante para cenar con un amigo –plan perfectamente legítimo– pero en el camino eres testigo de un accidente de tránsito. Algunos de los viajeros están seriamente heridos y tú eres la primera en llegar al lugar. En ese preciso momento tu propio plan, cenar con un amigo, queda en suspenso. Tú has perdido tu libertad y estás, por las circunstancias y por la necesidad, obligada a permanecer allá para ayudar. Telefoneas pidiendo una ambulancia, llamas a la policía y esperas junto a los heridos hasta que llega ayuda. Durante todo ese tiempo tu libertad queda suspendida. Eres radicalmente libre, desde luego. Podrías abandonar a los heridos –que se las arreglen solos– y dirigirte a encontrarte con tu amigo; pero, haciendo eso, estarías abdicando de parte de tu humanidad. Las circunstancias y la necesidad te han quitado tu libertad existencial y moral. Te han “consagrado” y te han puesto aparte, sin duda como un obispo con su bendición destina un edificio para ser una iglesia. El edificio no solicitó convertirse en iglesia, pero ahora está “consagrado” y no está ya libre para otro uso. Lo mismo ocurre con nosotros; las circunstancias y la necesidad pueden “consagrarnos” y arrebatarnos nuestra libertad.


   Según la mentalidad ordinaria, “consagración” es una palabra que connota cosas que tienen que ver con la iglesia y la religión. Consideramos ciertas cosas como consagradas, apartadas del mundo profano y destinadas para el servicio santo y sagrado. Por ejemplo: edificios (templos), personas (sacerdotes, diáconos, monjes, religiosos, monjas), mesas (altares), copas (cálices), ropa (vestimenta cultual y hábitos religiosos). Hay una cierta razón para ello, pero el peligro radica en que tenemos tendencia a percibir la consagración como una separación cultual y metafísica, en vez de verla como un destino para el servicio. El dejar a un lado tu libertad para pararte con el fin de ayudar en un accidente de tránsito no altera tu humanidad; simplemente suspende tu actividad ordinaria. Esa circunstancia especial te llama al servicio, porque casualmente sucede que tú estás allí, no porque seas ni más especial ni más santo que nadie.


   Así ocurrió con Moisés: Cuando Dios le llama para que vaya al Faraón a pedirle que libere a los israelitas, Moisés objeta: – ¿Por qué no mi hermano? Tiene mejores cualidades de liderazgo. ¡No quiero hacer eso! ¿Por qué yo, precisamente? Y Dios responde a esas objeciones con estas palabras: – ¡Porque has visto su sufrimiento! Así de simple: Dios le dice a Moisés que no puede desentenderse de su pueblo, ya que ha visto su esclavitud y sufrimiento. Precisamente por eso, él es el “consagrado”, que de ningún modo está libre para desentenderse. Las circunstancias y la necesidad le han “consagrado”.


   Nuestra mismísima noción de iglesia recurre a este concepto. La palabra “Ecclesia” viene de dos palabras griegas: “Ek kaleo”. “Ek” es una preposición que significa “fuera de”; y el verbo “kaleo” que significa “ser llamado”. Ser miembro de la iglesia es “ser llamado fuera de…” Estamos “llamados fuera de” lo que sería nuestra agenda normal si no estuviéramos obligados por nuestro bautismo y por las exigencias innatas del consiguiente discipulado. El bautismo y la pertenencia a la iglesia, nos consagran. Ambas realidades nos “llaman fuera de” y nos diferencian y separan, de la misma manera como Moisés se vio privado de su libertad para proseguir su vida ordinaria por el hecho de haber visto el sufrimiento de los israelitas; y de la misma manera cómo, siendo testigo de un accidente de tránsito cuando íbamos a una cita con un amigo, nos obliga a dejar de lado nuestra cena planeada para esa noche.


   El famoso teólogo belga Edward Schillebeeckx escribió una vez un libro en el que intentaba explicar por qué Jesús nunca se casó. Examinó varias teorías y posibles motivos y concluyó que, en última instancia, Jesús no se casó nunca porque le “era existencialmente imposible” casarse. En esencia, lo que Schillebeeckx quiere decir es que Jesús jamás se casó porque el abrazo universal de su amor y la magnitud de las heridas y las necesidades del mundo sencillamente nunca le dejaron en libertad para casarse, como ocurre a alguna persona que va de camino a una cita para cenar con un amigo, pero ve cómo ese programa descarrila al ser ella testigo de un accidente de tránsito. Como Moisés, Jesús estaba como obligado por un imperativo moral. No dejó de casarse porque juzgara más santo el ser célibe, o porque necesitaba un cierto tipo de pureza cultual para su ministerio. No se casó nunca porque las necesidades de este mundo simplemente ponían en suspenso su vida ordinaria. Fue célibe, no por preferencia emocional o por superioridad espiritual, sino por obligación moral.


   Hoy en día la palabra “consagración” ha perdido mucho de su rico significado. Hemos relegado la palabra a la sacristía y la hemos sobrecargado con connotaciones de pureza y culto. Es una pena, porque tanto lo mejor de nuestra humanidad como lo mejor de nuestra fe están intentando siempre consagrarnos. Las necesidades y heridas de nuestro mundo están constantemente pidiéndonos que pongamos en suspenso nuestra libertad radical, para dejar de lado nuestros propios proyectos, en orden a servir a los hermanos.

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<![CDATA[June 05th, 2017]]>Mon, 05 Jun 2017 13:16:39 GMThttp://parroquia-delapiedadnarvarte.com/artiacuteculos/june-05th-2017Comunicar esperanza y confianza
en nuestros tiempos.
Autor: Pbro. Juan José González Sánchez.
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Con nuestro lenguaje, podemos cambiar la realidad. Si soy un juez y digo “culpable”, le cambio la vida a una familia entera durante veinte años; si soy un árbitro de fútbol y digo “pénalti”, “fuera de juego” o “tarjeta roja”, soy capaz de cambiar en un segundo el resultado del marcador del partido. Si hablo con un niño y le digo con cariño “tú vales mucho y podrás alcanzar lo que te propongas”, el impacto sobre su personalidad será muy diferente a si le digo con desprecio: “Eres un vago y nunca conseguirás nada en la vida”. Como dice la Carta de Santiago: “La lengua es algo pequeño, pero puede mucho”, “con ella bendecimos a nuestro Señor y Padre y con ella maldecimos a los hombres, somos hechos a imagen de Dios”.
Piénsalo por un instante: Somos el resultado de las conversaciones que hemos mantenido con otras personas o con nosotros mismos a lo largo de los años, sé consciente de ello. Es más: ese familiar de la infancia que hoy recuerdas con cariño, ese maestro que de vez en cuando traes a la memoria por la influencia que tuvo en ti, ese amigo, ese compañero de trabajo o es al vecino que no has podido olvidar a pesar del tiempo transcurrido, seguramente siguen en tu corazón porque con sus palabras, un día, te hicieron sentir especial. Ante todo está lo que es y es tuya la actuación.
Hace poco aprendí una palabra nueva: “Infoxicación”. Medios de comunicación, redes sociales o publicidad, nos transmiten mensajes constantemente, la mayor parte de las veces inútiles, incorrectos o parciales, hasta el punto de generarnos agobio, parálisis y hasta desconcierto. No elegimos, sino que nos tragamos toda esa información sin conciencia y priorizando cantidad sobre calidad, dividiendo la atención en varias tareas en lugar de focalizarnos en una. Te pondré un ejemplo: Imagina que están oyendo cinco canciones a la vez, todas al mismo volumen. ¿Serías capaz de procesarlas, de distinguirlas o de disfrutarlas? ¿Y si en vez de cinco fueran cien? ¿Cómo te sentirías? Añade a esto cuántos de esos mensajes se refieren a crímenes espantosos o a predicciones nada halagüeñas sobre el futuro inmediato. ¿Qué efecto crees que está teniendo semejante bombardeo en nuestra sociedad? ¿Y en ti?
Y, de repente, se escucha una voz distinta, una voz que nos habla de amor hacia nosotros mismos y hacia nuestros semejantes, de esperanza en que lo mejor está por llegar, de confianza en que tenemos abiertas ante nosotros todas las posibilidades de hacer del metro cuadrado en el que nos ha tocado vivir un lugar más pleno y más bello. Esa voz puede ser la tuya. No es preciso que inventes nada: basta con que te inspires en el Evangelio, donde siempre hallarás a Jesús de parte de quienes más sufren, convertido en el potente altavoz de los que no tiene voz. Pero, hasta lo entendemos equivocado.
Somos más poderosos de lo que creemos. Se da la paradoja de que esta sociedad “infoxicada” nos permite, a la vez, posibilidades insospechadas de hacer que nuestra voz se escuche en segundos en el mundo entero con sólo subir un vídeo a internet, de conseguir miles de firmas para generar un cambio significativo con sólo poner en marcha una iniciativa que puede hacerse global de manera prácticamente instantánea o de desenmascarar las prácticas poco éticas de una empresa con sólo exponer nuestra opinión en el foro adecuado.
De igual modo, acaso nos toque actuar de manera menos significativa pero igualmente poderosa, como cada vez que inspiras consuelo o motivación con sólo pronunciar la palabra adecuada en el momento oportuno. Es urgente la responsabilidad personal ante todo lo que hay en el mundo: “Crezcan, multiplíquense, dominen la tierra, sométanla”. Cuantas personas se imaginan que son las creadoras. Es cierto, debes crear, pero no debes olvidar que eres el responsable de tu conducta y que no eres solo en la tierra.
De san Francisco, “el hermano Universal”, he aprendido algo tan hermoso como radical: “He aprendido que son los detalles cotidianos, los gestos de la gente corriente, los que mantienen el mal, a raya: Los actos sencillos de amor, la fraternidad, la familiaridad, la sencillez, la naturalidad, la cercanía, la transparencia. Lo que te propongo es que esos actos comiencen con tus palabras, con las que dices y con las que callas, con las que gritas y con las que susurras; con las que, en definitiva, construyes tu realidad y la de quienes te rodean. Puedes escoger, bendecir o maldecir, alabar o denostar, animar o desmotivar. Pero nunca olvides lo que el propio Jesús dijo una vez: “De toda palabra ociosa que hables, darás cuenta en el día del juicio” (Mt 12, 26).

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<![CDATA[May 01st, 2017]]>Mon, 01 May 2017 13:08:41 GMThttp://parroquia-delapiedadnarvarte.com/artiacuteculos/may-01st-20177729394LA ALEGRÍA DE VIVIR
Autor: Pbro. Juan José González Sánchez.
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La sociedad actual está repleta de deleites que dejan insatisfecho el corazón de la persona. Todo es tan artificial, que la vida se nos escapa y no descubrimos la felicidad que encierra el existir humano, a pesar de que caminemos por “cañadas oscuras” en estos tiempos de crisis. La gran pregunta del domingo de Pascua es: “¿Por qué buscan entre los muertos al que vive?” (Lc 24,5). A esto respondía el Papa Francisco, cuando era Cardenal de Buenos Aires (Argentina): “¡Cuántas veces necesitamos que esta frase nos rescate del ámbito de la desesperanza y de la muerte! Necesitamos que se nos grite esto cada vez que, recluidos en cualquier forma de egoísmos pretendemos saciarnos con el agua estancada de la autosuficiencia. Necesitamos que se nos grite esto cuando, seducidos por el poder terrenal que se nos ofrece, claudicamos de los valores humanos y cristianos y nos embriagamos con el vino de la idolatría de nosotros mismos que solo puede prometernos un futuro sepulcral” (2007).
Ante una cultura depresiva y descreída, es urgente que los cristianos de hoy recuperemos la frescura de los primeros discípulos que surgió porque no creían en un Dios de muertos, sino en ​un Dios de vivos, que había resucitado a su Hijo Jesucristo de “entre los muertos”, y ellos eran sus testigos. (cf. Hech 3,15).
La resurrección produjo en el corazón de la comunidad primitiva una explosión de indescriptible alegría: Dios ha cumplido su palabra, la muerte ha sido vencida y nuestro final no es la nada sino la plenitud del amor en el gran Viviente. ¿A qué es debido esto? Porque Dios no se ha desentendido de las criaturas, sino que se hizo hombre por nosotros, cargando con las miserias de la débil naturaleza humana, la cual se ha visto trasformada por la muerte y resurrección del Señor Jesús. Con ello ha abierto caminos de esperanza de que también tú y yo participemos un día de su gloria divina. “Si nuestra esperanza en Cristo no va más allá de esta vida, somos los más miserables de todos los hombres. Pero no, Cristo ha resucitado de entre los muertos, como anticipo de quienes duermen el sueño de la muerte”. (1Cor 15,19).
La alegría cristiana está basada en la llamada a la vida eterna que significa la fe en la Resurrección. Todo aquel que la posee no tiene temor, ni angustia, ni ansiedad, sino que experimenta, ya aquí, los gozos que da la confianza en Dios. Con la mirada puesta en la eternidad vemos cómo las cosas de este mundo pasan y terminan, sin embargo Dios permanece. Así, viviendo en el mundo, nos alegramos ya en el Señor que ha vencido la muerte. Por eso mismo, cada Pascua en la Iglesia es un momento de gracia para renovarnos en la alegría permanente, pues como dice San Agustín: no es poca la alegría de la esperanza, que ha de convertirse luego en posesión (Sermón 21).
La alegría pascual marca el estado del alma del cristiano. Por muchas que sean las pruebas de la vida cotidiana, la fuerza de la fe supera las dificultades. Incluso en los momentos más oscuros contamos con la luz resplandeciente que dimana del Misterio Pascual. Esa alegría lleva a Dios y crea fraternidad entre los hermanos. Porque sembrar alegría es la mejor forma de hacer caridad y, a la vez, de anunciar la Buena Noticia del Evangelio.
¡Ánimo! Con la alegría de tu corazón puedes hacer mucho bien a tu alrededor, en medio de una sociedad que vive de alegrías efímeras y que desconoce, o no quiere reconocer, que la alegría que nunca se acaba es la que nace en Dios y en Él tiene su fin. Por eso, viene bien repetir con la Iglesia este himno pascual: ¡Alegría!, ¡alegría, ¡alegría!/ La muerte, en huida/ ya va malherida./ Los sepulcros se quedan desiertos./ Decid a los muertos:/ ¡Renace la Vida,/ y la muerte ya va de vencida!.

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<![CDATA[May 01st, 2017]]>Mon, 01 May 2017 13:02:42 GMThttp://parroquia-delapiedadnarvarte.com/artiacuteculos/may-01st-2017¿Cómo acercarnos a los más lejanos del corazón?
Autor: Hna. Teresa de Jesús Rivera López
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​Acabo de leer un pequeño comentario del Papa Francisco sobre el amor, amor a Dios y al prójimo según el mandamiento nuevo que nos dejó el Señor (cf. Jn 13,34). Dice así el santo Padre en su reflexión:
«Cuán hermoso es amarnos los unos a los otros como hermanos auténticos. ¡Qué hermoso es! Hoy hagamos una cosa: tal vez todos tenemos simpatías y no simpatías; tal vez muchos de nosotros están un poco enfadados con alguien; entonces digamos al Señor: Señor, yo estoy enfadado con éste o con ésta; te pido por él o por ella. Rezar por aquellos con quienes estamos enfadados es un buen paso en esta ley del amor. ¿Lo hacemos? ¡Hagámoslo hoy!».
El amor es el nombre propio de Dios y es el camino que salva al hombre. Si no tenemos amor, nos dirá San Pablo, no somos nada. El mismo Apóstol nos explica claramente en qué consiste el amor y cuáles son exigencias:
«El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es maleducado ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites» (1 Cor 13,4-7).
​El camino del amor, como vemos, que es el camino de la salvación, tiene sus exigencias bien concretas y definidas. Si amamos de verdad estamos en la senda de Dios y su misma vida se revela en nosotros. Pero amar de verdad significa todo eso: significa ser muy amables y pacientes, desterrar del alma toda enemistad y toda envidia, no ser maleducados ni egoístas, no abundar en el recelo ni tampoco llevar cuentas del mal que nos hayan hecho… Amar significa aguantar mucho, esperar mucho y saber disculpar siempre.
El amor tiene que ver con el corazón y sus mejores sentimientos, porque de ahí, del corazón, sale todo: sale lo mejor y lo peor, lo que nos salva y lo que nos condena. Por tanto, para crecer en el amor hay que empezar por el corazón y, en ese sentido, hay que empezar por la oración. Hay que empezar acogiendo y queriendo a todos en el corazón, orando por ellos y deseándoles las mejores cosas y bendiciones. Como dice el Papa: Rezar por aquellos con quienes estamos enfadados es un buen paso en esta ley del amor.
Junto al corazón y los sentimientos, el amor se tiene que hacer gestos y conductas concretas. Gestos, a veces, muy elementales y sencillos, pero que llenan de salud y gozo. ¡Cómo puede salvar, por ejemplo, un pequeño gesto de amor! ¡A cuántos puede salvar un pequeño gesto de amor!
​Empezar por ahí, por rezar por los demás, significa un gran paso y un buen paso en el camino del amor. La caridad de la oración, que tanto nos asemeja al amor de Cristo, que vive intercediendo por la humanidad como sacerdote eterno, salva y nos salva. La caridad de la oración puede traer las mejores lluvias de gracia para el mundo y para nuestros hermanos. ¡Cuánto bien hacen los que oran e interceden por los demás! ¡Cuánto bien hacemos cuando oramos e intercedemos por los otros! ¡Cuánto nos acercamos al que tenemos más apartado cuando empezamos rezando por él! 

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<![CDATA[March 18th, 2017]]>Sat, 18 Mar 2017 14:22:38 GMThttp://parroquia-delapiedadnarvarte.com/artiacuteculos/actuar-en-la-luzACTUAR EN LA LUZ
Por: Pbro. Juan José González Sánchez
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Estamos en Cuaresma, tiempo de preparación para celebrar la Pascua, la muerte y la resurección del Señor, conmemoración también de nuestro bautismo, por el que fuimos incorporados a Cristo. Ser cristianos es pasar de las tinieblas a la luz, de la ceguera del mundo a la visión cristiana de la vida. Es la propuesta del evangelio de la curación del ciego de nacimiento. 

Un simple hombre, Jesús, que se ha proclamado la luz de este mundo, sorprende a las autoridades judías con un milagro. Un sábado, día sagrado de descanso, él sana a un pobre que suele pedir limosna en una de las puertas de la ciudad. Al pobre ciego que ahora ve, todos lo interrogan: vecinos, fariseos, jefes del puedo y hasta Jesús cuando se entera de que ha sido expulsado de la sinagoga. Ante la pregunta de Jesús, el ciego llega a ver plenamente, reconoce en Él al enviado de Dios y luego lo adora. 

Los fariseos, líderes religiosos de aquel tiempo, que se sienten responsables de conservar la fe y las tradiciones del pueblo elegido, empiezan a dudar: ¿Cómo es posible que un Hombre que no cumple las leyes religiosas, actúe en nombre de Dios? Dar vista a los ciegos es la profecía que cumplirá el Mesías...¡¿Cómo es posible?!

Por eso atacan con violencia: primero quieren negar el hecho, después pretenden que aquel hombre afirme, también en contra de la evidencia, que el que lo ha curado es un pecador y que, por lo tanto, no puede actuar en nombre de Dios. Como el hombre se resiste, lo excomulgan, lo declaran fuera del pueblo de Dios y lo marginan. 

Hoy no son los fariseos los que nos quieren ocultar la luz de la fe recibida en el bautismo. Pero vivir de acuerdo con lo que creemos puede marginarnos de ciertos círculos de intereses y sociales que prefieren las zonas oscuras de una conducta poco evangélica. 

Para vivir de acuerdo con el evangelio, necesariamente hay que actuar en La Luz. 

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